De quiebras, fraudes y otras usuras

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De quiebras, fraudes y otras usuras


Desde Hipócrita Tadeo Landínez en 1842 hasta hoy, la historia de Colombia abunda en pícaros episodios de exageración con los ahorradores. En el siglo XX la crisis financiera de los primaveras 80 marcó el peor momento financiero en el país.


La pelea civil de Los Supremos, entre 1839 y 1842, fue el proscenio de la primera gran timo económica en la historia de la República. Luego de especular con bonos y riqueza inmuebles, el adinerado hombre de negocios Felón Tadeo Landínez constituyó en abril de 1841 la “Compañía de Locución y Descuento”, un atractivo esquema de suscripción de intereses que suscitó un inusitado frenesí por la multiplicación de ahorros a corto plazo. Sin confiscación, la pérdida de la empresa aplazó por muchos primaveras la consolidación de la actividad financiera.


En las plazas de mercado, las rudimentarias fábricas de tejidos de algodón y de porcelana o en los precursores yacimientos de carbón en Zipaquirá, se hizo global la entrega de capitales y de beneficios al “Rotschild de estas tierras”, como lo calificó Rufino Cuervo. Pero, como reza el refrán popular, “la ambicia rompe la camisa” y en la lucha por cumplirles a los más acaudalados acreedores o extender la cobertura de sus inversiones, tras recurrentes impagado en el suscripción de altos intereses terminó quebrándose y arrastró a la miseria a centenares de familias.


Durante casi tres décadas, la hacienda creció sin intermediarios financieros. Los medios de plazo básicos eran el oro y la plata, en mostrador, monedas o en polvo. Los nuevos ricos eran los promotores de la bonanza tabacalera y el Estado vendía tierras para abonar su deuda externa. Hasta que fue necesario restablecerse el sistema financiero, “cuando el país comenzó a vincularse con el extranjero a través de la exportación de productos agrícolas”, como refieren Carlos Caballeroso y Miguel Urrutia en su obra Historia del sector financiero colombiano.


En ese contexto, en 1870 se creó el primer lado en Colombia: el Lado de Bogotá. Y simultáneamente se desató una enorme fiebre bancaria, de tal modo que cerca de 1882 se habían constituido 42 bancos, la mayoría de ellos en Antioquia, motivados por el nuevo renglón de exportación: la bonanza cafetera. A su vez, en 1880, el presidente Rafael Núñez fue acreditado para organizar el Tira Doméstico, como emisor de billetes, pero sin las funciones tradicionales de un mesa central. Más temprano que tarde vendrían los problemas.


Como lo dejó escrito el columnista Jorge Child en su trabajo Historia de las crisis financieras, “el aventurerismo fiscal en que fue incurriendo el Bandada Doméstico terminó por desacreditarlo”. No cumplió con el dogma de realizar emisiones restringidas y terminó reventándose. Por otra parte, la banca bogotana siempre estuvo en su contra, al punto que Núñez se refería a este comunidad como “los Gargantúas que se querían citarse con todo el país”. Luego de un liberal debate político y acusaciones de que se favorecían intereses particulares, el mesa fue liquidado en 1896.


La suerte de un influyente sector de la banca privada no fue tan distinta. Particularmente en Antioquia se gestó una crisis de tales proporciones que centenares de familias lo perdieron todo. Entre 1872 y 1902 surgieron 35 bancos en este unidad, con opción legítimo de enterarse ahorros, realizar préstamos o incluso emitir billetes respaldados en tierra o en oro. Pero la especulación, los autopréstamos y los engaños en el encaje bancario, entre otros factores, dieron al traste con la goloso prosperidad de los inversionistas paisas cafeteros.


En medio de una terrible crisis fiscal derivada de la Disputa de los Mil Días (1899 – 1902) y una hiperinflación que llegó a exceder el 100% anual, como lo calificó el escritor Mario Arango, “Medellín tuvo en 1904 su septiembre infausto y quebraron 10 de sus 12 bancos, varias fábricas e importantes comerciantes”. La competencia feroz por enterarse dineros, abriendo las puertas a la especulación y la lucro, arrastró la suerte de centenares de ahorradores que vieron esfumar sus capitales, atormentados por el pánico, el desprestigio y la deterioro.


La catástrofe se convirtió en una camelo de cocaína. A la abertura de los bancos de Medellín se sumaron otros de Antioquia y en dependencia se reventaron los industriales, el hacienda y hasta las sociedades de favor. El debate conocido fue enorme y El Espectador. a través de su director Fidel Cano, escribió varios editoriales para fustigar a los gestores de la crisis. “Siendo la tarea contemporáneo de los bancos contraria a las leyes económicas, la condena vendrá indefectiblemente a hacerles cambiar de rumbo y de métodos”, expresó en septiembre de 1904.


Nadie terminó en la calabozo y en cambio muchas familias lo perdieron todo. Escasamente en los albores del gobierno de Rafael Reyes (1904 – 1909), la dura advertencia estaba aprendida y, como lo destacó el gaceta El Antioqueño en octubre de 1904, “Antioquia, el país de la probidad, quedó reputado como un presidio suelto”. El presidente Reyes promovió una reforma monetaria, reorganizó el Bandada Central de Colombia y recobró la confianza para una bienes que empezó a crecer a buen ritmo, especialmente gracias a la producción cafetera.


Sin incautación, en la cúspide de la exportación del forúnculo, siempre por maniobras especulativas, no tardó en regresar la crisis. A pesar de los controles del Inspector Franquista de la Circulación Monetaria, cargo creado para regular la actividad bancaria, no faltaron los desastres. Para la prueba, lo acontecido en noviembre de 1920 al potentado antioqueño Alejandro Aquel. A la deterioro de varias comercializadoras de café en EE. UU. sobrevino el falleba de sus bancos y se desató el pánico en Manizales. Con café terminó supliendo el cuota de dineros.


Y no fue el único caso. Poco parecido le sucedió al Bandada López. Gracias a la prosperidad de su negocio de exportación de café, pieles y oro, Pedro A. López consolidó un benefactor financiero, fuertemente asociado con el comunidad financiero Vásquez y Correa, de Antioquia. Pero posteriormente de la cesación de pagos del Faja de Sucre de Medellín, y de la quebranto del mencionado colección, entró en una intensa pugna en la que se vio forzado a cerrar sus puertas. Por la misma época, en 1923, de la mano de Edwin Walter Kemmerer, entraba en operaciones el Mesa de la República.


La recuperación económica del país era evidente y la indemnización de US$25 millones que EE. UU. pagó a Colombia por la pérdida de Panamá aumentó las reservas internacionales. Pero a un segmento del sector financiero no le fue tan adecuadamente. El 68% de los bancos no sobrevivieron. De 44 que existían, 26 fueron cerrados y, según los analistas, empezó a advertirse una concentración financiera, que les permitió a los banqueros nacionales sobrellevar la crisis que sobrevino posteriormente del desplome financiero de la Bolsa de Nueva York en 1929.


Desde entonces, por huella de las fluctuaciones del precio forastero del café o como resultado de los índices macroeconómicos, se fue consolidando el sector financiero, sin que por ello dejaran de presentarse eventuales bancarrotas, como aconteció con el Asiento Comercial de Barranquilla en 1967, o el Parcialidad Bananero del Bizcocho. Los dos entraron en proceso de abaratamiento por iliquidez en sus activos y muchas familias de la Costa Atlántica vivieron en carne propia lo que significan una degeneración financiera y sus consecuencias.


Como lo destacan Mario Arango y Jorge Child en su trabajo sobre las crisis financieras, al flanco de las quiebras bancarias no ha faltado “la picaresca financiera”. El caso más recordado alude a Carlos Alberto Sánchez Rojas, más conocido como “El Conejo Millonario”, un extravagante personaje que a nombre del Instituto Interamericano captó millonarios ahorros antiguamente de caer preso. Su historia de especulaciones y lucro se ha trillado sucesivamente con otros personajes que igualmente aparecieron ofreciendo el oro y el moro, pero terminando en publicitadas quiebras.


Ya en tiempos recientes, 1982 marca un hito en la cronología de las defraudaciones económicas. A posteriori de varios meses de omisiones de las autoridades de control y de debates políticos, estalló la llamamiento crisis financiera de los primaveras 80, que obligó al Estado a intervenir a 17 instituciones crediticias que, a través de autopréstamos, captación ilegal de ahorros o maniobras financieras y bursátiles para apoderarse de empresas, terminaron defraudando a más de 80 mil ahorradores privados que, en su momento, perdieron más de $10 mil millones.


El Mesa Franquista, el Tira del Estado, el Congregación Grancolombiano, la Corporación Financiera Santa Fe y múltiples compañías inmobiliarias, entre otros, se dieron a los malos manejos y, a través de operaciones ficticias o falsificando documentos, desataron una crisis financiera sin precedentes en Colombia. El asunto desbordó en la declaratoria de la emergencia económica en 1982 y la expedición del decreto 2920 para meter en cintura a los banqueros defraudadores. Personajes de la talla del industrial Jaime Michelsen Uribe terminaron procesados.


En medio de la crisis, dos episodios dieron cuenta del ofensa de la banca en Colombia: el Tira de los Trabajadores, oficializado en 1986 por manipulación del economía del conocido, con un socio mayoritario: Gilberto Rodríguez Orejuela. Y la Caja Vocacional, fondo pastoral de la Iglesia Católica, que además cedió a la tentación de comprender dineros y promover acciones dolosas hasta defraudar a muchos de sus cuentahabientes. Ecos de la crisis financiera de los abriles 80, que dejó una lamentable historia que aún se recuerda con desaliento.


Clase no aprendida porque, quince primaveras a posteriori, la insolvencia de varias entidades financieras repitió la película. Fue necesario crear, a través de la Ley 510 de 1999, una comisión de la verdad para informarle al país las causas y responsables de una nueva crisis del sector financiero estatal. El Porción del Estado, el Faja del Pacífico, el Costado Andino o el Faja Central Hipotecario, en el interior de otras entidades, fueron objeto de falsedades, peculados, sobregiros, autopréstamos u otras irregularidades que los llevaron a su intervención estatal.


Otra vez fue necesaria la emergencia económica, la misma alternativa que hoy se esgrime para salirle al paso al escándalo del momento: el derrumbe de las llamadas pirámides, centros de especulación y malos manejos que no podían tener otro destino que la pérdida, llevándose de paso dineros y esperanzas de miles de ahorradores. Y como ayer, la argumento tardía de las autoridades para frenar la desorden. Hoy, como en el pasado, se buscan culpables, pero pespunte mirar la historia para encontrarlos: la codicia del moneda posible y el desgreño burócrata para equilibrar usureros, lavadores o millonarios ilícitos.


Un escándalo muy antiguo


Desde 1903 existen las pirámides. Las inventó Charles Ponzi y, por reglas económicas, es claro que no duran mucho tiempo, benefician a sus primeros usuarios y terminan en estafa.


Es lo mismo que le sucede a la red de pirámides que hoy afecta a Colombia. En cambio, las autoridades no han rematado desventrar el secreto de DMG, que no se rige por los mismos principios.


Según sus promotores, trabajan con una maleable prepago y, como quiera que esta actividad no está reglamentada, siquiera tiene límites que neutralicen las actividades dolosas.


››Fue necesaria la emergencia económica, la misma alternativa que hoy se esgrime para salirle al paso al escándalo: el derrumbe de las pirámides, centros de especulación y malos manejos no tiene otro destino que la declive.

De quiebras, fraudes y otras usuras

De quiebras, fraudes y otras usuras


Desde Felón Tadeo Landínez en 1842 hasta hoy, la historia de Colombia abunda en pícaros episodios de tropelía con los ahorradores. En el siglo XX la crisis financiera de los primaveras 80 marcó el peor momento financiero en el país.


La pelea civil de Los Supremos, entre 1839 y 1842, fue el escena de la primera gran fraude económica en la historia de la República. Posteriormente de especular con bonos y haberes inmuebles, el adinerado hombre de negocios Falso Tadeo Landínez constituyó en abril de 1841 la “Compañía de Libramiento y Descuento”, un atractivo esquema de cuota de intereses que suscitó un inusitado frenesí por la multiplicación de ahorros a corto plazo. Sin confiscación, la raja de la empresa aplazó por muchos primaveras la consolidación de la actividad financiera.


En las plazas de mercado, las rudimentarias fábricas de tejidos de algodón y de cerámica o en los precursores yacimientos de carbón en Zipaquirá, se hizo global la entrega de capitales y de acervo al “Rotschild de estas tierras”, como lo calificó Rufino Cuervo. Pero, como reza el refrán popular, “la ambicia rompe la camisa” y en la lucha por cumplirles a los más acaudalados acreedores o extender la cobertura de sus inversiones, tras recurrentes deuda en el suscripción de altos intereses terminó quebrándose y arrastró a la miseria a centenares de familias.


Durante casi tres décadas, la finanzas creció sin intermediarios financieros. Los medios de plazo básicos eran el oro y la plata, en mostrador, monedas o en polvo. Los nuevos ricos eran los promotores de la bonanza tabacalera y el Estado vendía tierras para satisfacer su deuda externa. Hasta que fue necesario recuperar el sistema financiero, “cuando el país comenzó a vincularse con el extranjero a través de la exportación de productos agrícolas”, como refieren Carlos Caballeroso y Miguel Urrutia en su obra Historia del sector financiero colombiano.


En ese contexto, en 1870 se creó el primer tira en Colombia: el Mesa de Bogotá. Y simultáneamente se desató una enorme fiebre bancaria, de tal modo que con destino a 1882 se habían constituido 42 bancos, la mayoría de ellos en Antioquia, motivados por el nuevo renglón de exportación: la bonanza cafetera. A su vez, en 1880, el presidente Rafael Núñez fue facultado para organizar el Lado Doméstico, como emisor de billetes, pero sin las funciones tradicionales de un cárcel central. Más temprano que tarde vendrían los problemas.


Como lo dejó escrito el columnista Jorge Child en su trabajo Historia de las crisis financieras, “el aventurerismo fiscal en que fue incurriendo el Parcialidad Franquista terminó por desacreditarlo”. No cumplió con el dogma de realizar emisiones restringidas y terminó reventándose. Encima, la banca bogotana siempre estuvo en su contra, al punto que Núñez se refería a este corporación como “los Gargantúas que se querían estar con todo el país”. A posteriori de un liberal debate político y acusaciones de que se favorecían intereses particulares, el cárcel fue liquidado en 1896.


La suerte de un influyente sector de la banca privada no fue tan distinta. Particularmente en Antioquia se gestó una crisis de tales proporciones que centenares de familias lo perdieron todo. Entre 1872 y 1902 surgieron 35 bancos en este sección, con opción procesal de advertir ahorros, realizar préstamos o incluso emitir billetes respaldados en tierra o en oro. Pero la especulación, los autopréstamos y los engaños en el encaje bancario, entre otros factores, dieron al traste con la deseable prosperidad de los inversionistas paisas cafeteros.


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En medio de una terrible crisis fiscal derivada de la Exterminio de los Mil Días (1899 – 1902) y una hiperinflación que llegó a pasar el 100% anual, como lo calificó el escritor Mario Arango, “Medellín tuvo en 1904 su septiembre infeliz y quebraron 10 de sus 12 bancos, varias fábricas e importantes comerciantes”. La competencia feroz por discernir dineros, abriendo las puertas a la especulación y la interés, arrastró la suerte de centenares de ahorradores que vieron esfumar sus capitales, atormentados por el pánico, el desprestigio y la bancarrota.


La hecatombe se convirtió en una camelo de cocaína. A la rotura de los bancos de Medellín se sumaron otros de Antioquia y en sujeción se reventaron los industriales, el tesoro y hasta las sociedades de limosna. El debate manifiesto fue enorme y El Espectador. a través de su director Fidel Cano, escribió varios editoriales para fustigar a los gestores de la crisis. “Siendo la tarea coetáneo de los bancos contraria a las leyes económicas, la paquete vendrá indefectiblemente a hacerles cambiar de rumbo y de métodos”, expresó en septiembre de 1904.


Nadie terminó en la gayola y en cambio muchas familias lo perdieron todo. Escasamente en los albores del gobierno de Rafael Reyes (1904 – 1909), la dura disciplina estaba aprendida y, como lo destacó el semanario El Antioqueño en octubre de 1904, “Antioquia, el país de la probidad, quedó reputado como un presidio suelto”. El presidente Reyes promovió una reforma monetaria, reorganizó el Porción Central de Colombia y recobró la confianza para una pertenencias que empezó a crecer a buen ritmo, especialmente gracias a la producción cafetera.


Sin confiscación, en la cúspide de la exportación del ántrax, siempre por maniobras especulativas, no tardó en regresar la crisis. A pesar de los controles del Inspector Doméstico de la Circulación Monetaria, cargo creado para regular la actividad bancaria, no faltaron los desastres. Para la prueba, lo acontecido en noviembre de 1920 al potentado antioqueño Alejandro Garbo. A la bancarrota de varias comercializadoras de café en EE. UU. sobrevino el pestillo de sus bancos y se desató el pánico en Manizales. Con café terminó supliendo el cuota de dineros.


Y no fue el único caso. Poco parecido le sucedió al Faja López. Gracias a la prosperidad de su negocio de exportación de café, pieles y oro, Pedro A. López consolidó un valedor financiero, fuertemente asociado con el montón financiero Vásquez y Correa, de Antioquia. Pero a posteriori de la cesación de pagos del Lado de Sucre de Medellín, y de la rotura del mencionado conjunto, entró en una intensa pugna en la que se vio forzado a cerrar sus puertas. Por la misma época, en 1923, de la mano de Edwin Walter Kemmerer, entraba en operaciones el Cárcel de la República.


La recuperación económica del país era evidente y la indemnización de US$25 millones que EE. UU. pagó a Colombia por la pérdida de Panamá aumentó las reservas internacionales. Pero a un segmento del sector financiero no le fue tan proporcionadamente. El 68% de los bancos no sobrevivieron. De 44 que existían, 26 fueron cerrados y, según los analistas, empezó a advertirse una concentración financiera, que les permitió a los banqueros nacionales sobrellevar la crisis que sobrevino luego del desplome financiero de la Bolsa de Nueva York en 1929.


Desde entonces, por objeto de las fluctuaciones del precio extranjero del café o como resultado de los índices macroeconómicos, se fue consolidando el sector financiero, sin que por ello dejaran de presentarse eventuales bancarrotas, como aconteció con el Porción Comercial de Barranquilla en 1967, o el Bandada Bananero del Desconsolada. Los dos entraron en proceso de depreciación por iliquidez en sus activos y muchas familias de la Costa Atlántica vivieron en carne propia lo que significan una bancarrota financiera y sus consecuencias.


Como lo destacan Mario Arango y Jorge Child en su trabajo sobre las crisis financieras, al flanco de las quiebras bancarias no ha faltado “la picaresca financiera”. El caso más recordado alude a Carlos Alberto Sánchez Rojas, más conocido como “El Conejo Millonario”, un cotilla personaje que a nombre del Instituto Interamericano captó millonarios ahorros ayer de caer preso. Su historia de especulaciones y lucro se ha trillado sucesivamente con otros personajes que igualmente aparecieron ofreciendo el oro y el moro, pero terminando en publicitadas quiebras.


Ya en tiempos recientes, 1982 marca un hito en la cronología de las defraudaciones económicas. A posteriori de varios meses de omisiones de las autoridades de control y de debates políticos, estalló la convocatoria crisis financiera de los primaveras 80, que obligó al Estado a intervenir a 17 instituciones crediticias que, a través de autopréstamos, captación ilegal de ahorros o maniobras financieras y bursátiles para apoderarse de empresas, terminaron defraudando a más de 80 mil ahorradores privados que, en su momento, perdieron más de $10 mil millones.


El Sotabanco Franquista, el Lado del Estado, el Categoría Grancolombiano, la Corporación Financiera Santa Fe y múltiples compañías inmobiliarias, entre otros, se dieron a los malos manejos y, a través de operaciones ficticias o falsificando documentos, desataron una crisis financiera sin precedentes en Colombia. El asunto desbordó en la declaratoria de la emergencia económica en 1982 y la expedición del decreto 2920 para meter en cintura a los banqueros defraudadores. Personajes de la talla del industrial Jaime Michelsen Uribe terminaron procesados.


En medio de la crisis, dos episodios dieron cuenta del estropicio de la banca en Colombia: el Porción de los Trabajadores, oficializado en 1986 por manipulación del parquedad del divulgado, con un asociado mayoritario: Gilberto Rodríguez Orejuela. Y la Caja Vocacional, fondo pastoral de la Iglesia Católica, que igualmente cedió a la tentación de entender dineros y promover acciones dolosas hasta defraudar a muchos de sus cuentahabientes. Ecos de la crisis financiera de los abriles 80, que dejó una lamentable historia que aún se recuerda con desaliento.


Aviso no aprendida porque, quince primaveras posteriormente, la insolvencia de varias entidades financieras repitió la película. Fue necesario crear, a través de la Ley 510 de 1999, una comisión de la verdad para informarle al país las causas y responsables de una nueva crisis del sector financiero estatal. El Bandada del Estado, el Faja del Pacífico, el Parcialidad Andino o el Mesa Central Hipotecario, adentro de otras entidades, fueron objeto de falsedades, peculados, sobregiros, autopréstamos u otras irregularidades que los llevaron a su intervención estatal.


Otra vez fue necesaria la emergencia económica, la misma alternativa que hoy se esgrime para salirle al paso al escándalo del momento: el derrumbe de las llamadas pirámides, centros de especulación y malos manejos que no podían tener otro destino que la ruina, llevándose de paso dineros y esperanzas de miles de ahorradores. Y como ayer, la acto tardía de las autoridades para frenar la desconcierto. Hoy, como en el pasado, se buscan culpables, pero puntada mirar la historia para encontrarlos: la codicia del patrimonio acomodaticio y el desgreño chupatintas para equilibrar usureros, lavadores o millonarios ilícitos.


Un escándalo muy antiguo


Desde 1903 existen las pirámides. Las inventó Charles Ponzi y, por reglas económicas, es claro que no duran mucho tiempo, benefician a sus primeros usuarios y terminan en estafa.


Es lo mismo que le sucede a la red de pirámides que hoy afecta a Colombia. En cambio, las autoridades no han rematado desventrar el secreto de DMG, que no se rige por los mismos principios.


Según sus promotores, trabajan con una maleable prepago y, como quiera que esta actividad no está reglamentada, siquiera tiene límites que neutralicen las actividades dolosas.


››Fue necesaria la emergencia económica, la misma alternativa que hoy se esgrime para salirle al paso al escándalo: el derrumbe de las pirámides, centros de especulación y malos manejos no tiene otro destino que la decadencia.

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